domingo, 13 de mayo de 2007

La historia de Alexander Litvinenko

La historia de Alexander Litvinenko.


"He faced his last hours with dignity.
He was very courageous when he met death
and I am proud of my son.”
Walter Litvinenko,
Padre de Alexander Litvinenko.




Era Alexander Litvinenko tu nombre, habías escuchado decir que trabajaste para el servicio secreto de tu país en la desaparecida Комит́ет Госуд́арственной Безоп́асности y sí, por fin lo recordaste… simplemente cerraste los ojos y todo comenzó de nuevo.

Aquella noche llovía y llovía mucho, la tierra que es madre de todos los seres que tienen la gracia de nacer aquí, al parecer sabía que lo que venía al mundo no era un hombre de justicia ni de paz. Por eso lloraba. Corría el año de 1962, tiempo de incertidumbre en el mundo como ha sido siempre el tiempo en el mundo.

Viste la primera gran luz y la primera oscuridad. Desde entonces, desde el primer momento que viste la luz, conociste mi rostro y sabías que llegaría el momento en que nos volveríamos a encontrar de frente. Voronezh, la ciudad donde naciste no es más que un recuerdo ajeno a ti: en aquellos años de infancia me olvidaste y me cambiaste, la felicidad de un infante es suficiente para que incluso yo me conmueva. Dejaste de ser un infante y creciste, conociste un poco del mundo, de su belleza y horror, conociste el odio que tienen los que han sido tentados por la locura del poder y lo detestaste. Conociste el amor puro de los 17 años y sí, ese recuerdo definiría tu camino en el futuro. La felicidad de tu juventud fue arrancada de repente cuando recibiste esa carta. Tu padre te mandó llamar y te dijo que el momento había llegado, todos los momentos llegan pensaste en ese instante, maldijiste desde el fondo de tu corazón a los tentados por la locura del poder. Cubriste tu corazón con una capa fría y dijiste adios. Adios para siempre, a partir de ese día tu mundo estaría dominado por otras leyes. No por las tuyas. Recuerdo que lloraste amargamente, fueron sólo unas lágrimas, lágrimas del corazón que cayeron en la nieve y esta se evaporó. Aun son calidas pensaste, entonces te dijiste a ti mismo que la vida debe ser como esa nieve, te levantaste y emprendiste camino. Para entonces el viento helado ya había congelado tus lágrimas y la historia que hoy cuento empezaba a tomar forma.

Fuiste al ejército y fuiste uno de los mejores, justo lo que se necesitaba para un país como el tuyo, un hombre frío y fuerte, (como los hielos eternos del este de Siberia) que aprendía demasiado rápido, comía solo lo necesario, cuestionaba cuando se lo pedían y se cultivaba en distintos campos de la ciencia. Pero en tu mente sólo tenías vivo el deseo de destruir a los que han sido destruidos por la ambición del poder. Tales condiciones te hicieron ascender rápidamente. Pasaste por todas las categorías, tu nombre fue desconocido, lo cual era un privilegio y una necesidad en tu profesión y en un parpadeo eras el Coronel Litvinenko. Recuerdo que ya no sentías ninguna pena cuando reclutabas asesinos, simplemente les dabas el derecho de asesinar a quien más odiaran y después de eso formaban parte de la organización. Incluso puedo decir que te gustaba tu trabajo: sabías más de lo que cualquier periodista ha soñado con saber. Para ti el mundo no representaba ninguna incógnita puesto que tu trabajo era averiguarlo todo y como tal habías averiguado que este mundo está regido por la locura y que sólo más locura podía permitir que fuera así. Este era para ti, un mundo de locos. Y para mí también.

Debo imperiosamente proseguir con mi relato antes de seguir trabajando, hay algunos que se empeñan en hacerme trabajar horas extra. Pero todos los momentos llegan y como tal ha llegado el momento de proseguir contando tu historia antes de que me vaya.

Todo hubiera seguido igual de no ser porque la viste, sí, de nuevo, después de casi 20 años la encontraste de nuevo. Ella te dijo que sabía que tú podías cambiar el estado de corrupción, sabía que tú podías hacer lo necesario para impedirlo y como tal te lo pidió. Te negaste: el verla te hizo recordar el odio que te hicieron sentir los que te alejaron de ella. Fuiste frío y le pediste que nunca más te volviera a buscar. Sólo a ella le pediste eso. Y sólo ella lo cumplió.

Sin embargo su recuerdo te atormentó, fuiste a casa y viste a tu pequeño hijo Anatoli, tu esposa Marina te lo había dado y era como un rayo de sol en medio de la total oscuridad. ¿Te estabas reformando Alexander? ¿Acaso pensabas que no podías dejar a tu hijo en un mundo como este sin siquiera intentar cambiarlo? Tú podías hacerlo, lo sabías. Sabías lo suficiente para poner en dificultades una de las organizaciones de poder más emblemáticas de tu país. Y de tu mundo. Ya antes he escrito que la felicidad de un infante es suficiente incluso como para conmoverme a mí. En ti, el efecto fue similar, tan similar que la naturaleza quiso que las antiguas lágrimas que derramaste con tanto dolor en tu vieja Voronezh, fueran evaporadas de nuevo. Por fin fueron liberadas por el calor del sol. Ahora harías algo. Y lo hiciste. Yo tengo el registro.

Acusaste ante el mundo la locura de los de tu país. Lamentablemente en un mundo lleno de locos como los de tu país, la voz de un cuerdo sería escuchada como la suya: la de un loco más. Tan así que te metiste en problemas no imaginados. Ni siquiera por mi que he estado tanto tiempo acompañando a los de tu especie. Estuviste en la cárcel, te las arreglaste para ser nombrado inocente. Después de tu absolución te detuvieron de nuevo por otros cargos. Tuviste que escapar. Abandonaste Moscú que era tu segundo hogar y volaste a Estambul, heredera capital del gran imperio otomano, compraste un vuelo al caribe que haría escala en Londres y cuando llegaste, el 1 de noviembre del año 2000 y sin saber el idioma pediste asilo político. Lo conseguiste y debiste enfrentarte a una nueva realidad. Tú que habías sido apreciado por tu organización antes y después de su cambio de nombre, tú que eras un genio en la operación policíaca, que fuiste el vicejefe del desconocido para muchos, departamento 7 a cargo del crimen organizado, te encontraste a ti mismo en las calles de Londres, midiendo tu tiempo con el Big Ben, aprendiendo Inglés y vendiendo periódicos. La justicia te lo mandaba. Debías rehacer tu vida. Y también lo hiciste.

Escribiste un libro, un gran legado, sobre todo viniendo de un hombre que hizo llorar a muchos: denunciaste con firmeza y con valor todo lo que hiciste y lo que te mandaban hacer tus jefes. Te intentaron capturar y no pudieron, te intentaron calumniar y fueron desmentidos, sin embargo, ellos, los que han sido atrapados por la locura del poder, saben pegar donde pegan todos los grandes guerreros: justo al corazón.

El 1 de Noviembre de este año te habrías de encontrar con ex-compañeros de tus años en el servicio secreto. Recordaste viejos tiempos con ellos e incluso reíste un poco, preparabas un gran golpe. ¿Cómo no va a reír quien tiene la seguridad de que va a triunfar? Después de verlos a ellos viste a un viejo amigo, el único que sabía tu plan. Comías sushi, tu comida favorita desde que llegaste a Londres. Mario Sacaramella te repetía que no lo hicieras, no valía la pena, hay más formas de lucha. Sacaste el primer elemento que descubrió el matrimonio Curie hace muchos años, sabías que unos miligramos eran suficientes. Después de un buen trago de Vodka le dijiste a Mario, tu amigo, que la vida era así y que las decisiones debían de tomarse con frialdad. Lo hiciste, desde esa tarde me estabas llamando. Y yo contesté.

Pasaron unos días y tus médicos no sabían que tenías, al final tu cuerpo estaba muy mal: no se parecía para nada a aquel cuerpo atlético y bien parecido. Tu deseo de venganza renació. Esperabas que culparan al gobierno de tu país y lo hicieron. Todavía te di tiempo de escribir una despedida y diste tu golpe más fuerte, acusaste directamente al heredero. Él no era el mismo, era otro pero representaba lo mismo. Por qué, te habría preguntado Mario, tú no se lo dijiste. Pero si tu vida no era suficiente para detener la locura colectiva, seguramente tu muerte lo sería, es por eso por lo que me llamaste. Y él, al que acusaste tampoco lo sabía, o tal vez sí. Pero aquella mujer que mandó matar el 7 de octubre de este año era ella. Sí. Anna Politkovskaya fue la misma que el poder y sus poseídos te quitaron con aquella fatídica carta que te llamaba a servicio en Moscú. Ahora el mismo poder al que serviste, la quiso acabar. Y la acabó. Y con ella te dieron el golpe final.

Escucho los aleteos del ángel de la muerte, dijiste en tus últimas palabras, y los escuchaste: después de 44 años el momento se acercaba y yo prácticamente dormía contigo. Perdiste la salud, el cabello y la conciencia. Después perdiste todo, porque la vida es lo único que tienen los humanos. Tu padre dirá que esta orgulloso de ti, de la manera en como me llamaste, incluso platicaste conmigo. Y platicamos. ¿Cómo fue que fuiste por ella? Me preguntaste. Te conteste que ella entró al elevador de su edificio y que por la espalda un enviado le disparó. Ella cayó a mis brazos al instante con una sonrisa extraña. Le pregunte que porqué sonreía. Porque mi muerte ayudará a liberarnos, me contestó. Y lo hará. Como lo hará la tuya Alexander Litvinenko. Tu tiempo ha sido cumplido. Descansa hijo de la tierra. Puede ser que nos volvamos a ver… algún día. En algún mundo. Hasta entonces.



Firmado: la muerte








Antares.
Utrecht School of Economics.
Universidad de Guadalajara.
alexantares21@hotmail.com
Antares 2006 # 3.
27 de Noviembre de 2006.

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